RODOLFO CHICOY

La Universidad de Valencia me había invitado a hablar de eso de la justicia. Era la primera vez, desde 1958, que volvía al viejo claustro, con su estatua de Luis Vives, para una actividad relacionada con lo que había aprendido allí. Era una vuelta nostálgica. Entonces, como si fuera un mazazo, me dieron la noticia de que el día anterior habían enterrado a Rodolfo.
La tristeza me ha obligado a volver a ver la fotografía de la reunión de fiscales en Sigüenza que está en la galería de fotos de la página de la UPF. De ella arrancó la asociación de fiscales, y luego las asociaciones. En la foto se ve a Rodolfo, a la izquierda, conmigo, Fernando Delgado, Juan Ignacio Campos, y tantos otros. Pero no he podido evitar ver que también están junto a nosotros Miguel Miravet, Luis Portero, Serafín García Zarandieta… Cualquiera puede comprender que tantos nombres entrañables de compañeros desaparecidos imprescindibles para nuestra Carrera, y tantos recuerdos, acumulan la nostalgia a la tristeza. Y ahora, la noticia de Rodolfo, acumula una inmensa tristeza, a la nostalgia.
Rodolfo y yo éramos inseparables. Hicimos juntos toda la Carrera de Derecho, las milicias universitarias de Ronda, la oposición, desde 1953 hasta 1963 en que las bolas del bombo de la oposición me fueron más favorables, y nos separaron. Era, para mí, como un hermano. Compartíamos días de estudio, tardes de cine, despreocupados viajes en el tranvía a la Malvarrosa, y largas conversaciones nocturnas inacabables cargadas de ilusiones utópicas, en una juventud sofocada por un franquismo que parecía que no acabaría nunca. Rodolfo fue, es, uno de los fundadores de nuestra UPF. Era apacible, melómano y cinéfilo. Un hombre culto de lectura abundante pero no apresurada, inteligente. Nunca le conocí con rencores contra nadie, y nunca conocí a nadie que los tuviera contra él. Era, en el más modesto y hermoso sentido machadiano, un hombre bueno.

José María Mena