Endurecimiento de las penas. Cadena perpetua, un paso atrás" (Gabriela Bravo, D. Público, 01-04-08)
Resulta difícil sustraernos
al dolor que duramente
nos golpea estos días. La
muerte violenta e injusta de
cualquier ser humano nos envuelve
en un sentimiento de
repudia e indignación que se
incrementa cuando se trata de
personas especialmente vulnerables
como Mari Luz, una
niña de cinco años.
El rechazo social que acontecimientos
tan dolorosos
provoca en nuestra sociedad
ha de servir para abrir el debate,
desde la reflexión serena,
sobre la eficacia del sistema,
pero no para hacer propuestas
desde posiciones alejadas
de nuestro orden constitucional,
que persiguen fines puramente
vindicativos y sitúan
el eje del problema lejos de la
realidad.
Esas propuestas, carentes de rigor jurídico empobrecen
el discurso político y ocasionan
un grave deterioro a la
Justicia Penal.
Trasladar a la opinión publica
la falsa idea de que el
problema de la delincuencia
radica en la débil respuesta
penal que nuestro Código
Penal ofrece, es gravemente
perjudicial no sólo para el
ciudadano que percibe una
gran inseguridad jurídica, sino
también para el Estado de
derecho.
El endurecimiento de las
penas, que ciertas voces demandan,
se percibe como una
amenaza al carácter subsidiario
de nuestro Derecho Penal,
propuestas alejadas de políticas
criminales coherentes
con los parámetros que han
de presidir un Estado que,
además de ser de derecho,
se adjetiva por imperativo
constitucional como social y
democrático.
Toda respuesta punitiva ha
de estar presidida por los fines de la pena que nuestra Constitución
establece, y alejarse de
fines oportunistas , mediáticos
o electoralistas.
Nuestro ordenamiento jurídico
ha de mantener proscritas
penas como la cadena perpetua,
que en sí mismas constituyen
un grave retroceso y
una quiebra a nuestras garantías
constitucionales.
Conjugar los fines de reinserción
y reeducación con la
privación de libertad de una
persona para toda su vida no
tiene encaje constitucional y
choca frontalmente con los pilares
básicos de un Estado de
derecho.
Es necesario recordar que
España es uno de los países de
la Unión Europea con menor
tasa de delincuencia, pero con
uno de los índices más altos de
población penitenciaria.
La madurez democrática y
el pleno desarrollo del Estado
de Derecho pasa inexcusablemente
por impulsar una política
criminal acorde a nuestra
Carta Magna, alejada de
propuestas vindicativas que
solo servirían para transformar
un Estado social en un
Estado policial.
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